ALVARO DE CAMPOS,
Alberto Caeiro afirma que su lugar estará siempre del lado de la realidad, frente a los poetas metafísicos. Del lado de la realidad, frente a lo real. Del lado de la palabra con menor carga metafísica, con menos adherencias, con menos filosofías, más cercana a la nada. Porque tiene menos metafísica la palabra que menos añade, que menos interpreta, que menos aglutina, que menos se proyecta sobre la realidad y, por tanto, más la respeta. Tiene menos metafísica la palabra que más nombra: «Estos versos de la sensación directa, enfrentada su alma a nuestros conceptos sin naturalidad, a nuestra civilización mental, artificiosa, contabilizada en cajones, rasga los trapos que tenemos por traje, nos lava la cara de la química y del estómago de los farmacéuticos; entra en nuestra casa y nos muestra que una mesa de madera es madera, madera, madera, y que mesa es una alucinación necesaria de nuestra voluntad que fabrica mesas. Dichoso aquel que, aunque solo sea un momento en su vida, consigue ver la mesa como madera, sentir la mesa como madera ver la madera de la mesa sin ver la mesa. Vuelva después a saber que es mesa, pero no olvide nunca que es madera. Y amará la mesa, mesa como mesa, mejor». Caeiro, que discute incluso la existencia de un ser, no cuestiona nunca el ser de la palabra. Sobre el agujero ontológico que media entre ambos, ser y palabra, saltará ligeramente, sin tan siquiera detenerse a mirar el vacío que se abre bajo sus pies.
Luis María Marina
Álvaro de Campos (Tavira, 1890 ?) es uno de los heterónimos alumbrados por Fernando Pessoa. Según su creador, era «alto, delgado, entre blanco y moreno, un tipo vagamente de judío portugués [...]». Estudió ingeniería naval en Glasgow y viajó por Oriente, donde se aficionó al opio. Antes de la epifanía que supuso el encuentro con Alberto Caeiro, su maestro, Campos era «una máquina nerviosa de no hacer nada». Después comenzó a escribir y a lo largo de dos décadas entregó algunos de los mejores poemas largos jamás escritos en su lengua, desde el ciclo de las odas vanguardistas («Oda marítima», «Oda triunfal», «Oda a Walt Whitman»
) hasta «Tabacaria». Poemas que abren las puertas de la tradición lusa a la influencia de las vanguardias y del modernismo anglosajón, y hacen de Campos un poeta central en la poesía lusa del XX.