MATA, MAR
En mi retrato imaginado de Sylvia predominan tres colores: el dorado de su pelo, el negro profundo de su angustia y el rojo intenso de su ira incontrolada y su pasión por vivir. En su mirada se vislumbra, tímidamente, la tensión de una lucha interior que el paso del tiempo no resuelve. Hay días en que Sylvia camina orgullosa, segura y con paso firme hacia sus objetivos, y otros en los que apenas puede alcanzar la posición vertical para enfrentarse a todos los gigantes que levanta el día. Hay días terribles, oscuros, llenos de miedo, en que Sylvia no se encuentra a sí misma, como si no tuviera un «yo» y descubriera, asustada, que ella solo es un montón de pedazos rotos que componen un puzle donde ninguna pieza encaja. Esos días a Sylvia le duele el cuerpo y sufre jaquecas y se enfada y desata su ira y culpa de su malestar a cualquier cosa o persona que pase en ese momento por su vida. Pero hay otros días en que Sylvia camina absorta por la playa recogiendo los objetos que la tormenta ha dejado en la orilla, bronceada por la luz de verano, mimada por su bikini blanco y su espectacular melena rubia, días en que se le saltan las lágrimas de emoción, en los que se conmueve a sí misma con la sensibilidad de su música interior que es capaz de convertir en palabras, días en que los pinceles se deslizan por sus dedos como si todos los colores y las formas del mundo estuvieran en su cuaderno de dibujo, días en que la chica competitiva, egocéntrica y manipuladora, apasionada y exagerada, de genio hondo y oscuro, se reconcilia con la escritora intuitiva y profunda que sueña ser.