EL PERSA
Este libro de José Cardona El Persa (Valencia, 1943) cuya cubierta reproducimos a su verdadero tamaño, no es una historia de las cifras ni un ensayo filosófico ni un divertimento matemático, aunque nada de todo eso queda aquí absolutamente descartado. No es sino la gota que colma el vaso de toda biblioteca científica y literaria que se precie; un lugar donde los números se expresan libremente y van apareciendo como personajes de ficción, dispuestos a escenificar frente a nosotros su vida alegre de tigre o mariposa.
Este «libro de números» puede leerse como una novela que atrapará por igual a niños y a grandes, y habrá quien sufra un pasmo y quien se sienta profundamente conmovido cuando descubra que oh, maravilla detrás del número cuarentaitrés viene el cuarentaicuatro.
De Pepe Cardona siempre recuerdo cuando nos conocimos y convivimos en el colegio, desde los 8 a los 14 años su gran imaginación para dibujar y para inventar unos tebeos que hacía preciosos en la época de Diego Valor, un cómic de extraterrestres que él mejoraba con su talento.
Mi primer encuentro con El Persa fue en la fiesta de una amiga común a finales de 1969. Él llegó a lomos de una preciosa Ducati 250 De Luxe y acompañado de una exuberante chica. Enseguida me cautivó su aspecto y su conversación, tan diferente a lo que yo estaba acostumbrado en mis reuniones con amigos de la Facultad de Filosofía y Letras. A partir de ese momento cambió mi vida. El Persa me abrió la puerta a mundos tan desconocidos y fascinantes que dejé de ir a clase para poder seguirlo de cerca.
¿Desconocido El Persa? ¡Si es uno de los tíos a la vez más exhibidos y sencillos que conozco! Yo creo que lo conocemos bien
muchos de sus amigos. Y somos numerosos. Sólo hay un aspecto que escapa a mi comprensión: ¿por qué no es conocido por mucha más gente aún, por eso que se llama «el gran público»? ¿Es porque no quiere, porque no sabe o porque cree que no debe hacerse con un éxito socioeconómico que sin duda merece?
Me acuerdo del día en que conocí al Persa. Después de organizar el trabajo de literatura, Jorge Pi, desconocido y admirado paisano, vuelto a conocer en la facultad, había quedado a las siete con un tal El Persa en una cafetería de la plaza del Caudillo. Me lo iba a presentar. El encuentro, de los múltiples que tuve esos días, fue de mucho más color. Al Persa lo vi mayor que yo, las arrugas le dibujaban la cara, y sus ojillos, brillantes, como si fueran de dulce y colorines, parecían conocedores ya de muchas cosas. Transmitía tranquilidad y confianza. Se veía que también iba de hipi, pero algo particular, tocado como de pueblo; esto me tranquilizó y me acercó más a él. Pero lo que más me asombró de su aspecto fue la enorme montera que llevaba como puesta en la cabeza, hinchada y a punto de reventar, formada por su amazacotado a la vez que rizado pelo negro. No supe muy bien a qué se dedicaba. Al parecer vivía en una pastelería de la calle Borrull.
Conocí al Persa gracias a su publicación La beca del artista. Compré varios números en la librería Valdeska de Valencia, que estaba entonces en la calle Quart, junto al Botánico. Di con las becas, ocultas en la estantería, pasando la mano por detrás de los libros situados en primera fila. En los créditos, plagados de faltas de ortografía deliberadas, venía la dirección del autor y decidí ir a saludarlo. Vivía en la calle de al lado.